lunes, 15 de noviembre de 2010

Crónica del creador de una red de fortuna

Yo soy tu amigo Fiel

De la red social, a la película y ahora al mail


Cuando Mark Zuckerberg creaba, conjuntamente con sus compañeros de habitación, de la Universidad de Harvard, “thefacebook” (así llamada inicialmente), jamás se imaginó que la red social se transformaría en uno de los booms más grandes de la historia de internet y de la sociedad. Mark ahora tiene 26 años, una de las cuentas bancarias más grandes del mundo y la red social que reúne a la mayor cantidad de personas de todo el mundo.

Vive en un departamento de un dormitorio con un colchón en el piso y viste camiseta y sandalias, pero el norteamericano Mark Zuckerberg es a los 26 años el magnate más joven del mundo, gracias a los 41.000 millones de dólares que vale su red social Facebook. Por ello, la lista Forbes no tardó en nombrarlo uno de los jóvenes más millonarios del mundo al poseer 2.000 millones de dólares.

"Es actualmente el magnate más joven del mundo y creemos que también es el más joven en haber construido su propia fortuna", dijo el editor de Forbes Matthew Miller.

Pero la historia del emprendedor Zuckerberg no empieza desde el Facebook. Nacido en el seno de una familia judía, su pasión por la informática se manifestó muy pronto, y ya a los doce años de edad comenzó a programar. Estudió en el Colegio Ardsley primero y en la Academia Philips Exeter después.

En 2002, con 19 años, lanzó con su amigo Adam D'Angelo, el actual jefe técnico de Facebook, “Synapse Media Player”, un programa que basaba sus funciones en predecir canciones basada en la preferencia, y selecciones previas, del usuario. El éxito fue notable debido a la habilidad del programa. Diferentes compañías de software, como Microsoft o Apple, quisieron obtener los derechos, pero finalmente no se firmó ningún contrato al respecto.

En el 2003, el astro de la informática ingresó a Harvard y formó parte de la fraternidad Alpha Epsilon Pi. Empezó a desarrollar programas como el Coursematch, que permitía a los estudiantes ver la lista de otros compañeros de clase, o el calificador de páginas de Internet Facemash.com. Pero, el Departamento de Servicios Informáticos de Harvard llevó a Zuckerberg ante la administración con cargos como violación de la seguridad informática y quebrantamiento de las políticas de privacidad y de propiedad intelectual.

Ojos que no ven, Facebook te lo cuenta

Actualmente, Facebook es la red social que todo te dice. Tiene aplicaciones, juegos, imágenes, videos, hipervínculos, publicaciones de estados, entre otros, para todos los gustos. Pero la idea en un inicio no fue esta.

Mientras que a una persona le tarda años acuñar una fortuna tan grande, Mark lo logró en una corta edad. A los 19 años, lanzó Facebook el 4 de febrero de 2004, para socializar con los demás. En dos semanas, dos tercios de los estudiantes de Harvard habían registrado.

Facebook se extendió luego como reguero de pólvora a otras instituciones: la Universidad de Boston, el MIT, Stanford, Columbia, Yale, Princeton, hasta conquistar buena parte de la red universitaria de Estados Unidos. Dos años después, Facebook se convirtió en éxito mundial con 64 millones de usuarios y su fundador en el magnate más joven del planeta. Tres de sus ex compañeros le iniciaron un juicio ante una corte de Boston afirmando que les robó la idea, pero eso no parece preocuparle demasiado.

"Tenemos abogados en la empresa que se ocupan de estas cosas, no nos preocupa demasiado", dijo Zuckerberg en una entrevista este año con el programa "60 minutos" de CBS.

@facebook.com: El nuevo mail

Minimalista, menos formal, así ha definido el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, el servicio de correo que ha presentado hoy. "El correo no necesita nuevas funciones, necesita menos ", y esta será la filosofía del servicio. Según Zuckerberg, no será un sistema que "asesine" las ofertas ya existentes. "Que nadie cierre su Yahoo!, Hotmail o GMail".

Para justificar la decisión, Zuckerberg ha explicado que la gente joven considera el correo electrónico demasiado lento y formal. En Facebook, 350 millones de miembros usan su red de mensajería cada día.

Con la dirección @facebook.com, el servicio quiere armonizar diferentes tipos de comunicaciones como los textos, los correos y el chat. A diferencia de los filtros que usan los demás servicios de correo, el creador de la red social insiste en que su servicio sabrá gestionar mejor la bandeja de entrada. "Sabemos cuál es tu círculo social, así que podremos hacer la criba sabiendo cuánto cercano consideras a alguien", ha explicado.

De nuevo, saber tanto sobre los usuarios y sus costumbres tiene doble filo. Por un lado, permite darles lo que desean, mejorar la gestión de los correos no deseados y priorizar entre lo importante y lo anecdótico. Por el otro, vuelve a poner de manifiesto un cuestionable manejo de la privacidad.

De realidad a ficción

No es ninguna novedad que una historia como esta quiera ser traspasada a la pantalla grande. The Social Network no ha sido la excepción. Algunos países ya la estrenaron, mientras que otros aún siguen en la dulce espera. El film dirigido por David Fincher no cumplió con las expectativas de su propio protagonista. Las críticas que le hicieron coinciden en que más que enfocarse en el fenómeno que representa Facebook, en cómo cambió el mundo, se centra en los trapos sucios y hasta parece una telenovela mexicana, por supuesto que varias veces mejor.

Mark comentó la película debido a su falta de relación con la realidad: “Lo único en lo que coincide la película con la realidad es la recreación mi vestimenta, en lo referente al personaje, que lo interpreta en el film Jesse Eisenberg, lo califico despreciable, trepador y no tiene que ver con lo que sucedió realmente”.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Entre Vargas Llosa y Flaubert


La novela de Flaubert ha inspirado miles de estudios. Sin embargo, Mario Vargas Llosa realizó uno de los ensayos más importantes que analiza la obra “Madame Bovary”, al que tituló “La orgía Perpetua”. La ruptura con el romanticismo y el inicio del realismo constituye en sí un excelente estudio sobre dos corrientes literarias, dos épocas, dos concepciones del arte en general y de la novela en particular. Vargas Llosa señala que el "paralelo en el que han insistido todos los comentaristas, de Thibaudet a Lukács, es el de Emma Bovary y el Quijote". En la correspondencia de Flaubert, existen varias alusiones a Cervantes. El libro articula una reflexión central sobre el porqué de la escritura de ficciones y el origen de la vocación literaria en las “decepciones radicales de la vida, experiencias que, al enemistarlo con la realidad, le despertaron esa vocación de crear realidades imaginarias”.

Premios y más premios…


Alcanzando la libertad

Mario Vargas Llosa recibió hoy el Premio a la Libertad de Expresión y Valores Humanos

No es algo de todos los días pero, para Mario Vargas Llosa pareciera que no se agotaran los premios. Hoy se encuentra recibiendo el Premio a la Libertad de Expresión y Valores Humanos, en el Real Teatro de Las Cortes de San Fernando (Cádiz) coincidiendo con que este mismo día y en el mismo lugar fue aprobado hace 200 años el Decreto de Libertad de Imprenta.

Está claro que las memorables palabras de Vargas Llosa obtuvieron su recompensa: "Ahora tendré que ser muchísimo más cuidadoso, por supuesto, a la hora de escribir y de opinar, sobre todo en ese mundo proceloso de la política. Pero desde luego que lo voy a seguir haciendo con la misma libertad y con la misma independencia de siempre".

Acabo de ver a Vargas Llosa entrar al Instituto Cervantes, acabo de verlo pasar con una cara que no es la de siempre, es decir la de los medios, la del hombre rígido que parece cansado de circular tantas veces por las mismas verdades. Algo se ha alivianado en el rostro del escritor. Veo paz, cierta liberación, como si de pronto se hubiera sacado de la espalda una mochila de treinta kilos y ahora se sorprendiera de la facilidad con la que mueve los hombros.

Se hizo esperar
Es que a Vargas Llosa no le pesa el Nobel, nunca le pesará. Lo que le pesaba era no tenerlo, pasar años sin conseguirlo, jugar la ruleta absurda que nunca que llega a detonar. Le pesaba, sí, aunque él no dijera que le pesaba, aunque su respuesta a las sucesivas frustraciones fue siempre un puntual recogimiento de hombros, sin palabras. Vargas Llosa no es un hombre al que le guste quejarse. Pero no hace falta. Sus resentimientos, que los ha tenido, siempre se notaron a leguas. De frente y de perfil.

Pero hoy no había lugar para nada de eso. Su gesto era una aceptación tácita que era este el juguete que necesitaba para sosegarse. Hoy tenía humor, hoy era un hombre que se permitía la ironía, la ironía de la que sus grandiosas novelas carecen. “Recibí la noticia a las cinco y de la mañana. Me habló por teléfono un señor cuya voz no entendía muy bien. Pero cuando escuché “swedish academy”, me dije: ajá, aquí hay que parar la oreja”, contó y todo el público se rió con él. El público, por supuesto, era una ensalada total. Esto es Nueva York, el Cervantes está a solo tres cuadras de las Naciones Unidas y nunca faltan los que preguntan sobre el conflicto en Palestina, sobre el futuro de América Latina, sobre la esclavitud en China. Es decir, nunca faltan los que le hacen a Vargas Llosa preguntas del tipo “premio Nobel”. Conciencia del mundo. Reserva moral del planeta. Y eso que lleva menos de un día.

—¿La literatura no les interesa, no? —se queja Patricia, la esposa, en la primera fila y en voz baja.

Preguntas venenosas
Pero en la conferencia también hay peruanos. Esos sí son peligrosos. A esos hay que tenerlos a raya. Como mi amigo Sandro Mairata, que se inmoló haciéndole la pregunta que nadie más se iba a atrever a hacer (pero que todos hubiesen querido). “¿Qué tiene que decir sobre García Márquez?” Durante la mañana, habían circulado rumores sobre supuestas palabras de García Marquez, su eterno rival literario. “Cuentas iguales”, habría dicho el colombiano en su Twitter (ya que estamos entre escritores, sería bueno hacer aquí una nota al pie sobre la inverosimilitud de la imagen de Gabo twitteando). ¿Qué tiene que decir sobre Gabo? Hubo un silencio en la sala. “No estamos aquí para hablar de eso. Pero debo decir que me enteré de sus palabras cariñosas y las agradezco”. Punto, siguiente pregunta. Hoy día, todos los fantasmas de Vargas Llosa están bajo control. Pero eso no quiere decir que haya que invitar a Gabo a la fiesta. Tampoco tampoco.

El otro día, en la radio, una especialista en hacer identikits para el FBI contaba cómo la memoria es antojadiza es sus fijaciones. “Es muy probable —le decía al entrevistador— que tú recuerdes muy bien dónde estabas cuando murió la princesa Diana de Gales con lujo de detalles, que incluso recuerdes cómo vestías”. Pues bien, creo que por muchos años recordaremos qué hacíamos este día, cómo nos enteramos, qué bebíamos, qué oíamos en las calles. Qué escenografía nos cobijaba. A mí, me tocó la puerta un amigo colombiano que vive en el piso de arriba, en mi casa de Brooklyn. Abrí. En una mano tenía el New Yorker, que tuvo la amabilidad de recoger para mí. Con la otra mano hizo un intento de abrazo: “Felicidades”. Ambos teníamos sayonaras y pijamas. Ambos estábamos despeinados y teníamos ojeras. Ambos habíamos pasado la noche escribiendo.

Mi primera reacción fue preguntarme por qué me felicitaba. ¿Era algo de lo cual felicitarse? Luego me dije a mí mismo en voz alta. “Tenemos un Nobel de literatura. ¡Un Nobel!”. Entendí que estaba viviendo algo parecido al entusiasmo. Mi amigo colombiano me dijo que en breve el escritor iba a estar en el Cervantes. Nos cambiamos rápido y salimos corriendo. Hacía sol en Nueva York, la línea verde estaba repleta. La sala del Cevantes, también. Vargas Llosa apareció liviano, en traje gris, y dijo: “Este no es solo un triunfo mío, es un triunfo de la lengua castellana y un reconocimiento de la importancia de la literatura Latinoamericana”.

Entonces empecé a entender por qué este día era también importante para mí, para todos los que tratamos de encontrar en la escritura una forma de resistencia. Porque ver a Vargas Llosa ahí sentado es entender también que la única lucha que importa es la que empieza con la primera página en blanco y termina con miles de tachaduras. Me vi adolescente sintiendo piedad por el periodista miope, fascinación por la Barbuda, terror por el perro que mochó a Pichulita Cuéllar, compasión por Varguitas, respeto por el Jaguar. Vi una cabina de radio y un chiquillo que embellecía noticias. Vi a la brasileña. Vi todo eso y recordé un viejo chiste: el del escritor latinoamericano que se despierta a las once de la mañana y se hace una pregunta culposa: ”Qué tarde. ¿Cuántas páginas habrá escrito ya Mario Vargas Llosa?”

La conferencia siguió con su inevitable dosis de política, pero en un punto llegamos al Perú. Porque siempre hay que hablar sobre el Perú, porque ya pasaron esas feas épocas en que el escritor no contestaba a ningún periodista peruano. “¿Qué tiene que decir sobre el Perú?”. Vargas Llosa, sonriente, sacó la capucha que mejor le queda, la de Flaubert.

—El Perú soy yo.

Camino al premio
El domingo pasado, Vargas Llosa llegó a almorzar, a la casa de su agente, Carmen Balcells, en Madrid, para la presentación de su nueva obra literaria “El Sueño del Celta”. Y es que ser Premio Nobel no es tarea fácil. Luego de una agotadora firma de libros durante el fin de semana, y premiación hoy, el peruano regresará a Nueva York hasta la víspera del 10 de diciembre que volará Estocolmo para recibir el ansiado premio y recitar el enigmático discurso que aún no está listo.

lunes, 25 de octubre de 2010

El Nobel Vargas Llosa:

'La escritura es una venganza...un desquite de la vida'
Esta es la historia de dos décadas, las que van desde el fracaso de su carrera política en Perú al éxito del Premio Nobel. Es la historia de un hombre que se sintió 'abandonado' por su pueblo, al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura. Es la historia de cómo un fracaso lo convirtió en otro hombre. La escritura fue su desquite de la vida. Su venganza. Y es la historia de cómo Mario Vargas Llosa y sus hijos desnudan desde su residencia en Nueva York sus sentimientos durante las 48 horas que siguieron a la conquista del máximo galardón de las letras mundiales.


Han pasado veinte años. "Es curioso", decía Álvaro, y también lo decía el propio interesado, Mario Vargas Llosa, "mucha gente está de acuerdo en decir que han pasado veinte años desde que mi padre merecía tener el Nobel. Veinte años". Quizá, concedió el hijo mayor, fue porque entonces Mario tuvo su gran derrota política, y a partir de entonces ya fue solo un escritor. Su obra hasta entonces, sin duda, merecía ya el galardón, comentamos nosotros. "Sí, pero si hubiera salido presidente", añadió Álvaro Vargas Llosa, "mi padre jamás hubiera obtenido el Nobel".

O sea que es cierto que le vino Dios a ver cuando se produjo esa derrota. Sí, esa es la opinión de Morgana. Y es la opinión de toda la familia, que por otra parte estuvo implicadísima en esa campaña electoral que tanto placer como dolor produjo en los Vargas, e incluso en Mario, que a veces parece inmune a la naturaleza de los desastres.

Pero esa vez, cuando perdió las elecciones ante un candidato, Alberto Fujimori, que luego subvirtió el orden democrático, ensangrentó el país, robó, etcétera, Vargas Llosa cayó presa de un decaimiento del que fuimos testigos. Llegó a París, poco después del fracaso; había adelgazado cerca de veinte kilos, su delgadez era la delgadez de los derrotados. Su hijo Álvaro, que hizo la campaña muy estrechamente ligado a él, recuerda ese momento como un instante de estupor. Vargas Llosa, el ahora Nobel, podía irse a un lado o al otro de la balanza; su equilibrio, sin embargo, le ayudó a superar el primer lunar verdaderamente serio de su trayectoria. Lo del padre (que le metiera en un colegio militar, que considerara "mariconerías" su pasión por la escritura, su carácter dictatorial) ya estaba deglutido en la memoria. Pero esto era nuevo; perder así, recuerda Álvaro, fue una tragedia.

Como siempre, como ante el desdén del padre, que era un desdén del destino, a Mario Vargas Llosa, dice su hijo, "lo salvó la literatura". En campaña leía "a Quevedo y a Góngora, cada mañana", y así salía a dar mítines, "a prometer un Perú mejor para los ciudadanos". Cuando perdió, "se consideró traicionado por un pueblo al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura", y ese desengaño lo maltrató. Hasta que se levantó otra vez, dice Álvaro. "Creo que la escritura de ese libro, El pez en el agua, lo salvó. Él solía guardar sus experiencias algún tiempo, como en La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La casa verde; las deglutía, y luego están presentes ahí, muchos de los viajes y de las experiencias de sus historias son sus propios viajes o experiencias".

Pero esta vez, concede Álvaro, "mi padre decidió tirar por el camino del medio y escribir esas memorias, una parte la memoria política, otra parte la memoria de la infancia. Dos historias, dos momentos de gran felicidad y luego de gran fracaso. Se atrevió". Salió hecho "otro hombre". El padre dice lo mismo. Sentado en uno de sus restaurantes favoritos de Nueva York, donde no hay guargüeros pero hay hamburguesas, Mario Vargas Llosa recuerda esa frustración que, veinte años después, ya no ensombrece su rostro, ahora el rostro feliz de un Nobel reciente.

"Trabajé mucho", dice Mario, "por un proyecto que creía bueno. Y la derrota fue una gran decepción". Pero volvió a lo suyo, "a lo que me estimula más". Escribió El pez en el agua: "Porque quería quitarme la experiencia de encima". "Un escritor tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. La escritura es una venganza, un desquite de la vida".

Volvió, pues, "a la rutina habitual", y ya agarró un ritmo imparable. En estos veinte años, los que van del fracaso al éxito (los dos impostores de los que hablaba Rudyard Kipling, Nobel también, en su poema If), ha escrito novelas alegres, novelas tristes, ha hecho ensayos literarios y políticos, ha hecho periodismo, viajes, ha dado conferencias, se ha metido en líos monumentales (como cuando enfadó a Octavio Paz, su amigo, llamando al México del PRI una dictadura perfecta), ha arrostrado el lugar común de su conservadurismo (que repiten sobre todo los que, como en la famosa anécdota, han hecho con sus libros lo que Sofía Mazagatos: no los leen pero los juzgan), y, en definitiva, ha vivido los altibajos de cualquier existencia "con el entusiasmo y la alegría del que sabe que la vida merece ser vivida".

Los suecos de la Academia, que parecía que nunca iban a aceptar que Vargas Llosa es uno de los grandes escritores del mundo, finalmente le concedieron el Nobel y además fueron muy explícitos sobre las razones del merecimiento: porque ha sido capaz de contar la cartografía (eso dijeron, cartografía) del poder para mostrar sus miserias y también para expresar la lucha, la revuelta, del hombre por la libertad.

El día en que ganó el Nobel de Literatura alguien le llevó a Mario Vargas Llosa a Nueva York unos dulces de Arequipa (Perú), guargüeros. Estaba feliz, era un premio para el Nobel. Los guargüeros son como unos pestiños rellenos; tienen la apariencia de algunas pastas italianas, y saben a dulce de leche. En ese sabor está su infancia, Arequipa entera.

En ese ambiente blanquecino del apartamento alquilado en uno de los edificios más altos de Columbus Circus (Nueva York), el autor de El pez en el agua parecía, en efecto, un pez en el agua. En el paraíso. Como en la infancia, mimado, agasajado. La infancia acabó cuando tenía 11 años y el padre (al que creía muerto) regresó a su vida. Muchos años después, esos dulces y el Nobel le llevan al paraíso que perdió cuando iba a atravesar la raya de la adolescencia. Ahora esos dulcecitos, que son como los que su abuela le hacía, le llevan a la ya tan lejana infancia.

O no tan lejana. El Nobel, de 74 años, tiene aquellos años incrustados en la memoria como el tiempo en que se hizo a casi todo. Ahí descubrió el amor absorbente por la madre, asimiló que no tenía padre, que este estaba en el cielo o que nunca existió, y descubrió la literatura en los libros que circulaban por la casa grande de la familia enorme con la que se crió.

En ese libro, El pez en el agua, se cuenta esa historia, sin la cual es improbable que alguien tenga una idea cabal de quién es de veras este hombre al que muchos aman y otros crucifican. Los que lo crucifican creen que es un reaccionario que cambió de rumbo y traicionó sus ideas izquierdistas de los años sesenta en que toda revolución tenía su asiento; los que le siguen amando o bien ya lo amaban en los sesenta y entendieron su evolución, o bien simplemente le han leído y saben que sobre esta literatura ahora avalada por el Nobel no valen los tópicos amasados con las ideologías.

A Vargas Llosa le divirtió mucho la palabra cartografía, pero le emocionó verdaderamente el resto de los argumentos. Comentó, ante un grupo de amigos a los que reunió en un bullicioso restaurante italiano de Nueva York: "¡Qué dirán mis críticos!". Enmudecerán. "¡Qué va! Quien está mudo soy yo".

No está mudo, claro que no; se despertó de aquellos catorce minutos de incertidumbre. Creyó que era una broma, como la que le gastaron hace años a Alberto Moravia, pero catorce minutos después le llegó la confirmación: era Premio Nobel de Literatura de 2010. Su hija Morgana, de 36 años, fotógrafa, lo vivió llorando en Lima, con sus dos hijas y con su esposo, Stefan; su hijo Gonzalo, de 43 años, diplomático, funcionario internacional destinado ahora por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Santo Domingo, lo vivió viajando a Haití, y Álvaro, el periodista, de 44 años, escuchó la noticia "estupefacto, paralizado, y luego feliz" en la casa de Washington donde vive con su mujer, Susana, y sus tres hijos.

Las hijas de Gonzalo están en Suiza, en un internado. Todos los nietos ("tienes que añadir ahí a Jurema, mi perra", dice Álvaro, "que es como otro nieto"; desde Lima, salta Morgana: "¿Y por qué te olvidas de mi pobre D'Artagnan, que está tan viejito?") han vivido de manera peculiar esta noticia, que ha revolucionado la vida familiar de esta gente que come guargüeros allá donde se encuentren. La de los Vargas, gracias sobre todo a la capacidad aglutinadora de Patricia Vargas Llosa, la esposa que también fue (o es) prima, es una familia muy sólida, que celebra en unión los veranos y las navidades, que busca cualquier motivo para juntarse y que se apoya también en los tiempos difíciles. Patricia es la brújula de esta navegación familiar, y en tiempos de incertidumbre (cuando Álvaro y Mario riñeron por cuestiones políticas relacionadas con Perú) ella fue la que condujo el conflicto por las vías que permitían un civilizado, y emocionado, reencuentro. Este tuvo lugar en Miami, cuando a Álvaro le dieron un premio, meses después del desencuentro; el padre, la madre y otros miembros de la familia quisieron acompañar a Álvaro, y ahora este dice: "Fui el culpable", con la misma emoción con que vivió la reconciliación.

Así que aquí, en esta familia, todo se vive como un espectáculo tranquilo, pero bullicioso y coral. Y el Nobel iba a ser un terremoto que a todos les afectó de un modo distinto, pero que conmovió por igual a todos. Hablábamos de los nietos. Gonzalo cuenta que, cuando se supo que el abuelo había ganado el principal premio de las letras mundiales, su hija Ariadna, que tiene diez años, le expresó por teléfono su preocupación infantil. Como él, que tenía peores notas que Álvaro en la escuela, Ariadna no obtiene los mejores resultados, y el premio del abuelo la tenía inquieta. Le dijo al padre: "O sea que, como al abuelo le han dado ese premio, a lo mejor ahora los maestros me piden que saque mejores notas".

A Leandro, el hijo mayor de Álvaro, que tiene ahora 14 años, le preguntaron en la escuela si su abuelo era alguien especial. Y se escondió detrás del flequillo como quien quiere huir de un alud. "No, no es nadie especial", farfulló. Tímida como ese sobrino suyo, Morgana, que ha sido compañera nuestra en EL PAÍS, y que ha acompañado a su padre en algunas de las aventuras más arriesgadas (Irak, Israel, Palestina) o placenteras (los escenarios de El paraíso en la otra esquina) tuvo que superar su retraimiento público cuando sonó la noticia y ella era la única representante familiar que podía hacer declaraciones en Lima.

Para curarse de su timidez, la hija más chica de los Vargas se tuvo que tomar tres copas de champán, y sin palabras todavía hizo que todos los periodistas que se agolpaban ante la vivienda familiar limeña pasaran a brindar y a conversar en esa casa de paredes blancas desde la que se ve el mar violento de la costa que acaricia Barranco. La fiesta adquirió tal carácter que la abuela Olga, madre de Patricia, tía de Mario, de 93 años, abandonó su postración y su desgana ante el mundo, se vistió de nuevo, se puso un pañuelo vistoso en su cuello de persona mayor y empezó a hacer declaraciones ante todas las cámaras de todos los noticiarios.

Se animó tanto con la noticia y con la aglomeración que no solo lloró cada vez que se acordaba del éxito de su yerno el Nobel sino que se atrevió a decir que sí, que ella, como Carmen Balcells (su agente literaria), como Fernando de Szyslo, el artista, quizá el más antiguo amigo de Mario, como tantos otros que han estado siempre cerca, iría también a Estocolmo. Cómo no.

Le preguntó un periodista a doña Olga, a la que también llaman Olguita:
-¿Y ya tiene usted traje?
-Tenía. Pero hemos esperado tanto tiempo que ya está apolillado y tendré que comprarme
otro.

Para hacer todo eso ha sido preciso "mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán, ha sido preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. La verdad es que no he parado. Y no pienso parar", dice Mario Vargas Llosa, "mientras tenga ilusión y curiosidad y me funcione la cabeza, que de momento creo que me sigue funcionando. La vejez no me aterroriza mientras pueda seguir desplazándome. Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable".

Ha cambiado. Mucho. Morgana nunca hubiera creído que aquel obseso por el trabajo sería un día tan buen cuidador de sus nietos, con los que juega y por los que se desvive hasta el límite de las payasadas que contentan a los muchachos. Es ahora más alegre, cree Álvaro, y Gonzalo piensa que algo que siempre ha tenido en cuenta, en su relación con los hijos, y ahora con los hijos de los hijos, "es la experiencia con su padre; jamás ha querido ser el hombre autoritario que él mismo tuvo encima en su adolescencia". Esa experiencia, que el propio Mario confiesa dolorosa, "fue una influencia estimulante para que mi padre nos tratara con enorme tacto", según Álvaro.

Gonzalo recuerda algunos episodios que pueden ilustrar la evolución de esa relación paterno filial. Cuando este joven servidor de la ONU para ayudar a los refugiados era un chiquillo de 16 años resolvió hacerse rastafari; se dejó los pelos hasta los hombros, se dedicó a fumar marihuana y a escuchar reggae, y durante dos años desoyó insistentemente los avisos de su padre para que abandonara esa deriva. Gonzalo era un rebelde; ahora él recuerda que su padre tenía sobre él dos miradas: la del padre y la del escritor: "Y eso convertía su actitud hacia conmigo en una actitud algo cómplice". Hasta que escribió su célebre artículo Mi hijo el rastafari en el que aventó al mundo, con humor y con condescendencia, lo que, además de un drama familiar, dice Gonzalo: "Era también un asunto para su periodismo y para su literatura". Gonzalo ve ahora ese episodio casi como lo vio su padre: "Pero entonces yo sentía la necesidad de rebelarme, como mi padre hizo muchas veces con su propio padre, y yo creo que por eso él entonces me entendió".

Y cuenta algo más Gonzalo que revela esa relación que la vida ha endulzado hasta extremos que el propio Mario confiesa divertido: de aquel padre que los metía a leer obligatoriamente a la salida de la escuela, "cuando todos nuestros amigos jugaban al fútbol", hemos pasado a un padre y a un abuelo que se viste de Papá Noel y es capaz de cargar a los niños para que estos hagan lo que quieran con él. Pero aquella dictadura leve del padre que los hacía leer obligatoriamente "nos dejó una disciplina". "Yo mismo", dice Gonzalo, "vuelvo a esa experiencia de leer todos los días como una de las influencias más valiosas en mi relación con él".

Han cambiado los tiempos; aquel 1990 de la derrota dejó paso a este otro momento de la vida. Pero algo de rencor, algún ajuste de cuentas quedará en los resquicios, le pregunté en ese restaurante típicamente norteamericano donde se comía una hamburguesa típica, a mediodía. ¿No siente como la expresión de una venganza propia el hecho de que Fujimori esté en la cárcel?
No, qué va. "Fujimori no me derrotó, fue una mayoría de los electores peruanos. Yo nunca le ataqué mientras mantuvo la democracia, pero, obviamente, él rompió las reglas del sistema gracias al cual había llegado al poder, y por los delitos que cometió cumple ahora pena. Pero jamás tuve la tentación de desearle un final así. Ni está en mi carácter el ajuste de cuentas. Pero me alegro mucho del juicio justo".

En este tiempo, en estos veinte años que cruzan la vida desde el fracaso al triunfo, ha escrito novelas en las que el sexo se alterna con la aventura, y otras, como La fiesta del Chivo o esta última, El sueño del celta, en las que se aventura por los caminos de la maldad, y aunque él interviene ahí como el contador, el narrador que explora el camino para presentar la historia como si usara un espejo, sí es evidente que quiere trasladar el compromiso moral que hay detrás de toda su obra de esta naturaleza. "La descripción de la maldad", dice, "obliga a una toma de conciencia moral. Si no detenemos a tiempo la capacidad de destrucción del ser humano, el resultado es el horror; ha ocurrido en el pasado, y ahora la democracia frena ese horror. Es un tema obsesivo para mí en los últimos años. Y es un tema recurrente; está en Congo, en esta última novela, está en la Amazonía, en La guerra del fin del mundo, está en la locura terrorista en Lituma, y está, sin duda, en esas dos novelas que dices. Pero también está en mi periodismo; mira lo que he hecho en Irak, en Palestina, en Afganistán".

El infierno en cada esquina. ¿Y el paraíso? ¿Ha reencontrado Mario el paraíso? El autor de El paraíso en la otra esquina, la novela en la que Gauguin se revuelve como una pesadilla a veces gozosa, es consciente de que aquel paraíso en el que era mimado, querido, consentido por toda la familia, "hasta que llegó el padre", no volverá jamás. "No está ese paraíso en la vida real". Pero haberlo perdido "tampoco debió ser una tragedia". "Gracias a eso", continúa, "gracias a que mi padre me metió en un colegio militar, gracias a que me impidió a veces con saña ser un escritor, tuve una experiencia que me dio la oportunidad de escribir con un gran material literario. Si eso no hubiera ocurrido, probablemente yo no hubiera sido un escritor. Y sí, escribir es un placer, te permite salir de cualquier circunstancia terrible, te lleva a defenderte de cualquier adversidad. En ese sentido escribir es mi paraíso".

Y el paraíso es la familia. Le pregunté a Morgana Vargas Llosa qué significado tiene en el padre la figura de Patricia, la madre. "Es la compañera inseparable sin la cual mi padre no sería nada". Dice Morgana que su padre no sabe el número de teléfono de la casa, no sabe ni siquiera su dirección, es incapaz de cambiar una bombilla, desconoce por completo cómo se pone en marcha una lavadora y jamás ha frito un huevo. Pero esta mañana, le digo, su padre me ha explicado, en contra de la opinión de su madre, que el apartamento en el que viven ahora en Nueva York lo paga él y no la universidad. Un detalle de que está atento, ¿no, Morgana? "Qué va. Fíate de mi madre. En eso también ella tendrá razón".

Poco después cacé al vuelo lo que Mario le decía a unos periodistas franceses: "No me sé mi mail, jamás agarro un teléfono que esté sonando, no sé usar los teléfonos celulares. Y solo me acuerdo del primer número que tuvimos cuando nos casamos, hace 45 años. El 46 40 60".
Cómo no introducir en esta retahíla de visiones familiares del Nobel Vargas a Carmen Balcells, la mamá grande de varias generaciones de autores, y muy especialmente la mamá grande de Mario. Una vez Carmen Balcells lo levantó de la silla de sus trabajos forzados en Londres y lo puso a escribir. Lo sentó, por así decirlo, en el paraíso. Ese paraíso tuvo una interrupción que pudo haber sido eterna, cuando la política lo sedujo demasiado. De ese fracaso se levantó hecho otro hombre. Los hijos piensan que ese trozo de paraíso en el que ahora habita con el trofeo del Nobel de Literatura no hubiera sido posible si Patricia no hubiera estado ahí, haciendo que los sueños del escritor se convirtieran en la letra insistente que ahora le premian en Suecia.

El sábado posterior a la concesión del Nobel, Vargas le dijo a su agente, Carmen Balcells, en la radio peruana: "¡Cómo pudiste seducir a los veinte jurados de la Academia Sueca!". Con el mismo humor, la mamá grande de los autores del boom (García Márquez, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar) exclamó: "¡Tengo mis recursos!".

Los dos saben que no es cierto. La llave de este paraíso la tiene el genio, que Carmen supo vislumbrar y que Patricia ha cuidado como se cuida un hijo, un nieto, un marido o un sueño. Como cuidaba la abuela la receta de los guargüeros, el inolvidable sabor del paraíso.

lunes, 11 de octubre de 2010

Amistades peligrosas


Gabriel García Márquez estaba listo para asistir a una exhibición privada de cine el 12 de febrero de 1976. A la llegada de su amigo Mario Vargas Llosa, una sonrisa de oreja a oreja fue delineada en su rostro. Los brazos abiertos esperaban el cálido abrazo de un camarada, sin embargo, fue un frío golpe en el ojo izquierdo lo que dejó a Gabo derribado en la entrada del teatro, con el rostro ensangrentado. El escritor peruano se retiró gritando “Esto es por lo que le hiciste a Patricia (su mujer)” y dio la amistad por concluida.

García Márquez, dos días después del incidente, decidió dejar perenne el acto de violencia que sufrió por parte del escritor peruano. La instantánea fue tomada por Rodrigo Moya, en la casa del fotógrafo en la colonia Nápoles de México.

A pesar de que el escritor quiso dejar constancia de lo sucedido, el retratista recuerda que al verle preguntó al ganador del Nobel de Literatura qué había pasado y que este se mostró "evasivo" y "atribuyó la agresión a las diferencias (con Vargas Llosa), que ya eran insalvables en la medida que el autor peruano se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha".

Gabo le pidió que se quedase con las fotos y le enviara copias. "Las guardé 30 años, y ahora que él cumple 80, y son ya 40 de la primera edición de Cien años de soledad, considero correcta la publicación de este comentario sobre el terrorífico encuentro entre dos grandes escritores, uno de izquierda, y otro de contundentes derechazos", concluye Rodrigo Moya.
La imagen fue propagada el día del 80 cumpleaños del escritor, en el diario mexicano La Jornada con en un artículo titulado “La terrífica historia de un ojo morado”.

Preferencias políticas o amorosas
Las desavenencias entre Mario Vargas Llosa y su segunda esposa, su prima, Patricia Llosa, tuvieron la culpa del enfrentamiento. Según Rodrigo Moya, "mientras ambas parejas vivían en París, los García Márquez habían tratado de mediar en los disturbios conyugales" del autor peruano y su mujer "acogiendo" las confidencias de aquél. Cuando los Vargas Llosa se reconciliaron él supo que sus secretos se habían revelado y se sintió "gravemente ofendido".

A pesar del paso de los años, ni Gabo ni Vargas Llosa han dado su brazo a torcer. Aunque cada uno, actualmente, reside en lugares distintos (Colombia y Estados Unidos respectivamente), lo único que queda entre ambos artistas es el respeto por sus obras, como demostró García Márquez al publicar en su Twitter “cuentas iguales”, refiriéndose al escritor peruano por el Nobel de Literatura que recibió recientemente.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Este crimen no es mío


Esta mañana, mientras Carlos Hamman escuchaba las noticias, se dio con la sorpresa de que César Cataño revelara el contrato realizado con la UIF, entre los años 2006 a 2008, para realizar una auditoría privada a su importadora de vehículos.

“Él ha revisado todos los balances, todos los movimientos contables, fue contratado por nosotros cuando ya había dejado el cargo (en la UIF- Unidad de Inteligencia Financiera del Perú) y ha determinado que nuestra empresa ha movido más de 350 millones de soles en tres años”, fueron las palabras que dio a conocer a RPP el abogado de Cataño, empresario relacionado con el narcotráfico.

Hoy, el ex presidente de la UIF confirmó que su consultora fue contratada por las empresas de importación de vehículos Kanawawa y Bvizkar, vinculadas al dueño de Peruvian Airlines, pero aclaró que no tuvo trato directo con él, sino con los gerentes Óscar Juanillo y Roland Olivera. También, precisó que tomaron sus servicios a principios del 2010 para revisar los movimientos de dichas empresas en los años 2006, 2007 y 2008.

Carlos declaró que: “Nos contrataron para que los asesoráramos en un informe específico sobre sus actividades empresariales, se elaboró un informe financiero contable para determinar si existe lavado de activos“.

Cabe recordar que, Hamann fue nombrado como directivo de la UIF en abril del 2003 y renunció en el 2007. Durante ese tiempo, denunció a cerca de 100 empresas involucradas en lavado de dinero, según informó la revista “Caretas”.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Días de locura


Crónica de la visita del periodista Jáuregui al Hospital Larco Herrera durante la huelga de médicos y enfermeros del 87

Eloy Jáuregui, periodista del diario El Comercio, se escandalizó por una noticia breve que había escuchado de un colega: los locos se mueren en el hospital más grande del Perú para tratamientos mentales. En el verano de 1987 había una huelga de médicos y enfermeros del hospital para enfermos mentales “Larco Herrera”. Las autoridades no podían solucionar el problema y, el primer gobierno de Alan García, se desentendió del asunto.
Ante tal preocupación, el periodista Jáuregui fue a buscar al Ministro de Salud:

- Quiero hacer un reportaje.
- Jajaja… allí solo ingresan médicos y no periodistas – respondió, de manera burlona, el ministro.
- Pero se están muriendo los locos – dijo replicando.
- Y a mí que chú. Un loco menos significa un niño mejor alimentado.

El reportero buscó otras maneras de ingresar al centro médico para realizar su reportaje. Nadie le prestó atención, por ello, él aprovechó para escabullirse. La noche antes de decidir internarse, Jáuregui le dijo a su esposa:

- Con este tema me gano un premio. Prepárame mi peor ropa, la más cochina, la más vieja, la más usada.
- Esa es la que tienes.

Al día siguiente el periodista se encontraba en medio de la cola del Larco Herrera para hacerse pasar por enfermo mental e internarse. Llegó temprano, y fue preguntado por las fuerzas de emergencia que había utilizado el hospital ya que no había enfermeros ni médicos, dada la huelga. El lugar lucía como un campo de concentración, resguardado con guachimanes con pistolas de perdigones. Uno de estos le preuntó:

- ¿Por qué vienes a internarte?
-Porque quiero matar a mi padre
-¿Por qué?
- Porque es aprista.

El periodista pagó 5 soles y fue enviado al pabellón 7, el de los “malditos”. Allí, una persona de edad media le preguntó al joven:

- ¿Dónde te duele?
- En el estómago y de allí me sube a la cabeza – contestó el joven.
- Nunca saldrás de aquí – replicó el interno.
- ¿Por qué?
- Porque los únicos que salen, primero, les duele la cabeza y después, el estómago.

48 horas después el periodista ya quería salir del hospital. Cuando hablo con el enfermero le exclamó:

- ¡Ya me quiero ir a mi casa!
- De aquí no vas a salir – respondió el enfermero.
- Yo no estoy loco, soy un periodista y he venido a hacer una crónica para enseñársela luego a mis alumnos de la Universidad de Lima.
- Todos los que están internados acá son periodistas.

6 días más tarde, el ex periodista Jáuregui, bebiendo cañazo y fumando pie decidió escaparse del centro de rehabilitación mental. Con ayuda de los demás enfermos mentales, logró saltar la pared del hospital. Mientras corría durante su escape por las calles del distrito de Magdalena del Mar, escuchó el grito de los internos:

- Sálvanos, sálvanos Eloy, que el hoy es hoy.
- Sálvanos, sálvanos Eloy, que el hoy es hoy.

20 minutos después de estar en la calle, Jáuregui se acercó al paradero más cercano en busca del moradito. No tenía ni un sol… ni 10 céntimos. Al detenerse el moradito, el periodista subió y se encontró con el cobrador.

- ¿Cómo me voy a mi casa? – se empezó a preguntar preocupado.
- ¡Ya pe’ huevón! Paga, paga, no te hagas el loco – exclamó enojado el cobrador.

A los 3 días, gracias a la intervención del periodista, el hospital mejoró las condiciones de vida para, en ese entonces, los 900050 dementes. Sin embargo, la angustia de no tener dinero, la cultura combi, el achicamiento de las instituciones y no saber cuál es nuestro destino se volvieron las principales causas de este desbalance. Por ello, la cifra ha aumentado de manera desconcertante a 10000000 de enfermos en los últimos 23 años.

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